
Preservar las tradiciones de otros pueblos es diversidad cultural. Defender las nuestras parece falta de mundo. Halloween nos encuentra muy dispuestos a abrir la mente, siempre que no sea para comprender lo que tenemos en casa.
«Tenemos que abrir la mente», me decía hace poco un amigo mientras hablábamos de Halloween. Naturalmente. Me gusta conocer otras culturas y, como arqueólogo, sería bastante absurdo que defendiera una sociedad que no cambia. Lo que me cuesta entender es por qué abrirnos a otras costumbres parece exigir que consideremos las nuestras antiguas, casposas y perfectamente intercambiables. Podemos recibir al invitado sin avergonzarnos de la familia.
Otra conversación, con una investigadora y divulgadora a la que aprecio, me dejó una inquietud parecida. ¿Por qué preservar nuestras tradiciones? Cambiarán, se mezclarán, darán lugar a otras nuevas. El 2 de noviembre podía aprovecharse para ir al cine o ver una serie de terror. La Navidad era ya una fiesta comercial, celebrada también en China.
Lo que me interesa discutir es ese criterio. Incorporar Halloween parece acreditar nuestra apertura; defender una costumbre heredada nos obliga a explicar que no estamos en contra del progreso. ¿Por qué? Conocer otras culturas debería ayudarnos a comprender el valor de las tradiciones, incluidas las nuestras.
Desde luego, las tradiciones cambian. Pero eso no responde a la pregunta de si merece la pena conservarlas. Sabemos que una lengua puede desaparecer y procuramos evitarlo. Sabemos que un oficio puede perderse y buscamos quién lo enseñe. Entendemos que esa continuidad requiere algún esfuerzo. Pero basta con defender una costumbre de casa para que nos recuerden que hay que abrir la mente.
Nos preocupa, con razón, la continuidad de las diversas tradiciones del África subsahariana. Defendemos las lenguas y los saberes de los pueblos de la Amazonia. Comprendemos que sus ritos transmiten conocimientos, vínculos y una manera de entender la vida. Luego volvemos a casa y la abuela que enciende una vela por sus muertos nos parece una señora que no termina de actualizarse. Si viviera suficientemente lejos, quizá nos parecería digna de un documental.
Me cuesta aceptar esa diferencia de criterio. En su oración también hay una relación con la muerte, con la familia y con quienes la precedieron. La fe cristiana ha dado sentido a esos gestos durante generaciones y sigue dándoselo. Reducirlos a costumbres anticuadas es una forma bastante pobre de interpretar nuestra cultura.
Mi abuelo compraba rosas blancas para llevarlas a la tumba de su madre, mi bisabuela. Decía que eran sus flores preferidas. En Italia es habitual llevar crisantemos, cuya floración otoñal favoreció su asociación con estas fechas. Él escogía rosas. A su madre le gustaban y eso le bastaba. Podía cambiar las flores sin dejar de ir a verla.
Y luego está el negocio. La Navidad queda desacreditada porque es comercial, mientras la calabaza de plástico aprueba sin presentarse al examen. También Halloween vende disfraces, adornos y caramelos. Si el negocio es motivo de crítica, lo será en ambos casos. O resulta que unas fiestas se comercializan y otras nos abren la mente.
Tampoco Halloween se ha instalado por generación espontánea. Hay campañas, productos, programación y actividades que favorecen su expansión. Su difusión comercial merece el mismo examen crítico que aplicamos a cualquier otra celebración. Aceptar lo nuevo sin preguntas tiene poco de pensamiento abierto.
Por eso no me convence que la aparición de nuevas tradiciones resuelva lo que hacemos con las anteriores. Si dejamos de explicarlas, quienes vienen detrás no estarán eligiendo abandonarlas: crecerán sin haberlas conocido. No sabrán qué significaba aquel día ni por qué sus mayores lo consideraban importante. Después diremos que dejaron de interesar.
La visita a los difuntos ocupa un lugar en la vida de una familia. Allí se pronuncian nombres, se cuentan historias y se aprende que hubo personas antes que nosotros a las que seguimos debiendo afecto y gratitud. Ir al cine es otra cosa. No hace falta enfrentar ambos actos para reconocer que uno no sustituye al otro.
Ahora que mi abuelo tampoco está, recuerdo aquellas rosas blancas y se las agradezco. Me enseñaron algo de su madre y bastante de él. No quisiera que esa forma de cuidar el recuerdo de quienes hemos querido acabara pareciéndonos una antigualla.
Las tradiciones cambiarán. Algunas desaparecerán. Pero despreciar lo que no nos hemos molestado en comprender no es abrir la mente. Es renunciar a usarla.
Córdoba, 31 de octubre de 2026
Giuseppe Palmieri
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Editor: Giuseppe Palmieri©
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