
En apenas unos días, internet ha conseguido un pequeño milagro: convertir a medio mundo en experto en Homero. De pronto, abundan los especialistas en filología clásica, armamento micénico, navegación de la Edad del Bronce, etnografía del Egeo, fidelidad cinematográfica y, cómo no, en la cantidad exacta de melanina que debían tener aqueos y troyanos hace más de tres mil años. Mientras tanto, las ventas de La Odisea se han disparado. Tal vez sea la mejor noticia de todas.
No pretendo discutir ninguna de esas cuestiones. Tampoco pretendo escribir una crítica cinematográfica ni evaluar hasta qué punto Christopher Nolan ha sido fiel al poema homérico. Hay personas mucho más preparadas que yo para hacerlo.
Lo que sigue es otra cosa. Es, sencillamente, la reflexión que me acompañó al salir del cine. Porque comprendí que la pregunta verdaderamente interesante no era si Nolan había sido fiel a Homero, sino por qué, casi tres mil años después, seguimos necesitando a Homero para comprendernos a nosotros mismos.
Hace apenas unas semanas, mientras medio país vivía pendiente de la final del Mundial, pintándose la cara, buscando una camiseta de la selección a precios desorbitados o, simplemente, dejándose llevar por esa ilusión colectiva que solo el fútbol, otra metáfora de la vida, es capaz de despertar, yo me dirigía al cine para ver La Odisea, de Christopher Nolan. Había elegido la sesión de las cinco de la tarde precisamente para poder disfrutar también del partido. Sin saberlo, aquella decisión terminaría convirtiéndose en el mejor punto de partida para una reflexión muy distinta.
Mi relación con La Odisea no nace con la película. Viene de mucho más atrás. Gracias a la formación clásica de mi padre, una parte importante de los cuentos de mi infancia fue sustituida por los grandes relatos de la mitología y de la épica sobre los que se ha construido nuestra civilización. Él me presentó a Ulises, como lo llamaron los autores clásicos de Roma. Solo años después descubriría que aquel mismo héroe era el Odiseo de los griegos. Pero, para entonces, Ulises ya se había convertido en un viejo compañero de viaje.
Después de más de dos horas y media de proyección, apenas necesité treinta segundos para comprobar que el gran público parecía haber dedicado más tiempo a polemizar sobre una Helena que no respondía a la descripción homérica de «la de los blancos brazos» que a preguntarse qué pretendía transmitir realmente una obra de semejante envergadura. Como si ese fuera el verdadero problema.
Fue entonces cuando comenzó a abrirse paso un auténtico torrente de recuerdos familiares y escolares, de sensaciones e intuiciones. Porque La Odisea, como buena parte de la filmografía de Christopher Nolan, exige al espectador llegar a ella con un cierto bagaje. No necesariamente para comprender la historia, sino para acercarse, aunque solo sea parcialmente, a una interpretación que permita rozar aquello que el director pretende transmitir.
La Odisea que propone Nolan es, en el fondo, la odisea de todo hombre y de toda mujer que decide emprender un viaje que va mucho más allá del reto cotidiano y de la simple supervivencia frente a las urgencias del día a día. Es el viaje de quien, impulsado por una capacidad de introspección, a veces innata y otras, con suerte, aprendida en el propio camino, se atreve a conocerse en profundidad y a descubrir aquello que nos hace verdaderamente humanos.
Es la curiosidad el muelle del que parte toda búsqueda. Es la que nos empuja a avanzar, a ponernos preguntas y a alimentar el deseo de superar las imposiciones naturales y culturales, incluso cuando ello supone poner en riesgo equilibrios alcanzados con fatiga, sudor y sacrificio. A veces preferimos, aunque no sea un don al alcance de todos, permanecer atados al mástil principal del barco, único refugio en el mar tumultuoso de la existencia, para escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a él, conscientes de que tras aquella llamada de irresistible belleza, capaz de embriagarnos con un éxtasis casi sobrenatural, pueden esconderse la soledad y la desesperación. Solo entonces descubrimos que ese límite que tanto nos fascina termina, en ocasiones, devolviéndonos, paradójicamente, a nosotros mismos.
Y comprendemos que aquella luz que divisábamos en el horizonte, la que prometía acercarnos, aunque solo fuera a un destello de aquello que perseguimos desde que comenzamos a abandonar la inmanencia absoluta de la creación, no era otra cosa que la búsqueda de la Verdad, con mayúsculas.
Después llega la fe. Una fe inquebrantable, aunque con frecuencia permanezca dormida o latente. Incluso tras largas estancias en la isla del olvido, donde las imágenes seductoras, encarnadas por una Calipso siempre renovada o por los placeres efímeros de la flor de loto, parecen anestesiar nuestra voluntad, esa fe nos permite recoger los restos del naufragio de una parte de nuestra existencia. Con ellos reconstruimos una balsa: no una embarcación segura, sino apenas lo suficiente para no hundirnos en el oleaje de la duda y la incertidumbre.
Impulsados por el viento de la fe y sostenidos por la esperanza, que sin la primera termina casi siempre por vacilar, retomamos el rumbo hacia aquello que verdaderamente somos.
Porque, en realidad, nunca se trató únicamente de llegar a Ítaca. El regreso era otra cosa. Era volver siendo otro. Homero alcanza aquí uno de los momentos más altos de la literatura universal. Lo hace a través de dos imágenes de una fuerza extraordinaria. La de Argos, el viejo perro que desafía al tiempo y a la propia muerte para reconocer, por última vez, a su amo antes de exhalar el último aliento. Y la de Penélope, que no espera porque ignore la realidad, sino porque la fe le impide aceptar que la ausencia tenga la última palabra. Ambos ven aquello que solo puede descubrirse cuando se mira más allá de las apariencias. Quizá porque la verdadera identidad nunca se reconoce con los ojos, sino en aquello que permanece inalterable después de cada batalla, de cada fracaso y de cada naufragio.
Y, sin embargo, tampoco Ítaca constituye el final. Reencontrada la raíz, la vida continúa. El regreso no clausura el camino: lo inaugura de nuevo. Porque el ser humano no está llamado únicamente a encontrar un lugar al que volver, sino a descubrir quién es para continuar el viaje.
Córdoba, 4 de agosto de 2026 Giuseppe Palmieri
Tres recomendaciones:
Homero, La Odisea.
Constantino Kavafis, Ítaca.
Dante, Divina Comedia (el viaje como transformación).
"Todos los hombres desean por naturaleza saber."
Aristóteles
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Editor: Giuseppe Palmieri©
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